miércoles, 16 de septiembre de 2015

El castillo

Había una vez un hombre pequeño, diminuto, casi imperceptible.  Atesoraba un sueño desde que nació: algún día construiría el castillo más grande de su ciudad. En dicha ciudad habían muchos castillos y vivía mucha gente, todos de gran estatura, no se sabía si habían caído del cielo o estaban cerca de llegar a él.

Este hombre nunca pudo crecer más de lo que medía ahora, nació así y debió acostumbrarse a lidiar con los problemas de gente que no pudo estirarse. Día a día trabajaba arduamente en conseguir los materiales para empezar la construcción de su gran proyecto, tenía el lugar perfecto, ni muy alto, ni muy bajo. Abrasado por el sol en invierno y apaciguado por la sombra en verano, climatizado totalmente. Planificó casi toda su vida el edificio en aquel lugar, desde que lo vio. Y lo mejor es que nadie sabía de él, o eso creía.

Luego de muchos años, consiguió todos los materiales que creyó necesarios y emprendió rumbo al lugar designado para la magna construcción. Tomó todo lo de su casa y se estableció allí, hasta que terminara su nuevo hogar, claro.

Empezó en verano, al alero del sol. Era bastante difícil ya que se hacía caluroso, pese a que se refugiaba en la sombra de grandes palmeras cercanas a su construcción. Trabajaba poco, el clima no ayudaba mucho y su cansancio se volvía demasiado grande en pocas horas. Debió ser el momento más complicado para él, se volvía todo lento y pensó que no podría terminar su gran sueño: el castillo.

Llegó el otoño y las hojas, junto a su cansancio, fueron decayendo. De a poco retomó el ritmo en la construcción y cada vez hacía cimientos más fuertes, parecía que nada ni nadie derribaría ese castillo que estaba próximo a ser terminado. Al fin sentía que iba a completar su sueño, ya había tomado forma y estaba creciendo poco a poco pero a un ritmo acelerado. Iba a erguirse como el monumento de la ciudad que lo había visto tan pequeño.

Inesperadamente llegó una tormenta, en un invierno que se veía un poco complicado desde el inicio. El castillo peligraba, pese a que los cimientos habían sido puesto tan meticulosamente y parecían tan firmes. Había que hacer algo para solucionar el embrollo, así que se tomó un tiempo para planificar bien, de nuevo, como pondría esos cimientos.

Finalmente se decidió y volvió a la construcción en pleno invierno. Casi como parte del destino, las nubes se fueron y las tormentas fueron solo un recuerdo, el futuro le sonreía a este hombrecito y su castillo. Ya afinando los últimos detalles, en la punta del edificio se dio cuenta que atrás de todo lo que había construido había otra persona trabajando al mismo ritmo, pero silenciosamente. Era una mujer, que nunca había visto pero que trabajaba como si fuese para lo único que nació.

Bajó de lo alto de su construcción, lo había logrado: era el más grande castillo jamás hecho. Pero algo quedaba, esa mujer atrás martillando y trabajando en los cimientos le llamaban la atención.

Se movió a la parte trasera y le preguntó:

-¿Quién eres?-
-Soy con quien has estado todo este tiempo-
-¿Por qué haces esto?- preguntó casi al instante.
-Porque he estado contigo todo este tiempo- respondió ella también, sin vacilar.