viernes, 19 de junio de 2015

Ni tan final, ni tan del mundo

Caminando por Av. Central me topé con unos gritos, mucha gente aglomerada y abanderada. Había fútbol. No digo partido, porque no cabía en la definición. Eran tres por lado, la euforia no dejaba escuchar ni el silencio. Escuché apenas las denominaciones de los arqueros. Uno debía ser muy bueno, porque le decían "el arquero araña"; quizás se colgaba del ángulo imposible, o atajaba tan rápido que se veía como si tuviese ocho patas. En fin, el otro, debió haber jugado toda la temporada, o para el técnico debía ser inamovible pues le decían "el arquero fijo".

Se pusieron en posición, los dos equipos vestían igual; cosa inédita en la historia de este deporte. Ambos con camisetas rojas de la selección chilena, que curioso que eligiesen tal país; para disputar semejante final. La cancha tenía muchos menos metros que las medidas oficiales, y un raro cercado a los bordes. El pasto estaba desnivelado y tenía barro por todos lados. Aún así se logró estabilizar la pelota y empezar el partido. Perdón, el fútbol.

Me senté en una de las bancas, y cual director técnico empecé a gritar instrucciones. Ellos, claro, no me escuchaban. Estaban inmersos en un frenesí de felicidad, corrían de lado a lado sin patrones, sin formaciones, sin entrenamiento previo, ¿el técnico no les dijo nada en la semana?, ¿alguna jugada preparada?. Hacían chocar la pelota contra la pequeña reja a los bordes, la sacaban por encima a veces, jugaban incluso en la pista de adoquines grises entre la cancha y la tribuna. Yo estaba atónito, no entendía a que se estaba jugando pero ellos lo entendían a la perfección. Reían todo el tiempo y daba igual perder la pelota, se volvía caminando. "¿Cómo no le toman el peso a una final?", cada vez estaba más indignado en mi asiento; me empezaron a quemar los pies y los moví desesperadamente de arriba a abajo para que se enfriaran.

La gente enfervorizada no dejaba de meter ruido, pero yo sentía que era el único gritando. Estaba realmente enojado, no sabían que hacer esos seis con la pelota, solo estaban jugando. Qué se habrán creído para hacer tal cosa. Mi mente corría a mil, tenía muchas instrucciones que darles en el entretiempo. Jugadas, motivación, consejos técnicos. No se me escapaba ningún detalle. Estaba listo para la mejor charla de todos los tiempos, digna de ser interpretada por Al Pacino y grabada por Tarantino.

Dentro de esa vorágine pensante se escuchó un eco en medio del bullicio, y se hizo silencio. El arbitro pitó el final y dijo: "Ya cabros, me cansé, ¿vamos a jugar play a mi casa y luego vemos el partido?". Todos asintieron, tomaron la pelota, y emprendieron rumbo. La masa se empezó a disipar y quedé solo, como siempre lo había estado.  Los vi alejarse lentamente, conversando de las jugadas que hicieron: de los caños a medias, del gol que no fue, del palo que en realidad era un tronco, de la patada que el arbitro pasó por alto. Estaban muy felices porque nadie ganó.

Me paré de la banca y yo también empecé a caminar, a mi casa.
"Por la mierda que estoy viejo", pensé.