Había una vez un hombre pequeño, diminuto, casi imperceptible. Atesoraba un sueño desde que nació: algún día construiría el castillo más grande de su ciudad. En dicha ciudad habían muchos castillos y vivía mucha gente, todos de gran estatura, no se sabía si habían caído del cielo o estaban cerca de llegar a él.
Este hombre nunca pudo crecer más de lo que medía ahora, nació así y debió acostumbrarse a lidiar con los problemas de gente que no pudo estirarse. Día a día trabajaba arduamente en conseguir los materiales para empezar la construcción de su gran proyecto, tenía el lugar perfecto, ni muy alto, ni muy bajo. Abrasado por el sol en invierno y apaciguado por la sombra en verano, climatizado totalmente. Planificó casi toda su vida el edificio en aquel lugar, desde que lo vio. Y lo mejor es que nadie sabía de él, o eso creía.
Luego de muchos años, consiguió todos los materiales que creyó necesarios y emprendió rumbo al lugar designado para la magna construcción. Tomó todo lo de su casa y se estableció allí, hasta que terminara su nuevo hogar, claro.
Empezó en verano, al alero del sol. Era bastante difícil ya que se hacía caluroso, pese a que se refugiaba en la sombra de grandes palmeras cercanas a su construcción. Trabajaba poco, el clima no ayudaba mucho y su cansancio se volvía demasiado grande en pocas horas. Debió ser el momento más complicado para él, se volvía todo lento y pensó que no podría terminar su gran sueño: el castillo.
Llegó el otoño y las hojas, junto a su cansancio, fueron decayendo. De a poco retomó el ritmo en la construcción y cada vez hacía cimientos más fuertes, parecía que nada ni nadie derribaría ese castillo que estaba próximo a ser terminado. Al fin sentía que iba a completar su sueño, ya había tomado forma y estaba creciendo poco a poco pero a un ritmo acelerado. Iba a erguirse como el monumento de la ciudad que lo había visto tan pequeño.
Inesperadamente llegó una tormenta, en un invierno que se veía un poco complicado desde el inicio. El castillo peligraba, pese a que los cimientos habían sido puesto tan meticulosamente y parecían tan firmes. Había que hacer algo para solucionar el embrollo, así que se tomó un tiempo para planificar bien, de nuevo, como pondría esos cimientos.
Finalmente se decidió y volvió a la construcción en pleno invierno. Casi como parte del destino, las nubes se fueron y las tormentas fueron solo un recuerdo, el futuro le sonreía a este hombrecito y su castillo. Ya afinando los últimos detalles, en la punta del edificio se dio cuenta que atrás de todo lo que había construido había otra persona trabajando al mismo ritmo, pero silenciosamente. Era una mujer, que nunca había visto pero que trabajaba como si fuese para lo único que nació.
Bajó de lo alto de su construcción, lo había logrado: era el más grande castillo jamás hecho. Pero algo quedaba, esa mujer atrás martillando y trabajando en los cimientos le llamaban la atención.
Se movió a la parte trasera y le preguntó:
-¿Quién eres?-
-Soy con quien has estado todo este tiempo-
-¿Por qué haces esto?- preguntó casi al instante.
-Porque he estado contigo todo este tiempo- respondió ella también, sin vacilar.
Lectura al paso
miércoles, 16 de septiembre de 2015
sábado, 25 de julio de 2015
Cambia todo cambia
Una abeja es reina tres años en promedio, luego llega otra a ocupar su lugar.
Uno es estudiante 12 años, luego se vuelve universitario.
Uno corre lo que le dé el cuerpo, luego camina para recuperar.
Uno gasta su energía en el día, luego duerme en la noche para traer de vuelta lo perdido.
Uno toca una canción pocos minutos, luego toca otra, y otra; y luego se arma un concierto.
Uno termina una relación. Está triste, luego lo acepta, luego hace algo para revertirlo, luego es feliz.
Uno escucha a Cerati, luego siente envidia de su genio.
Uno no destruye la materia, solo la transforma.
Uno no destruye los sentimientos hacía algo o alguien, solo, los transforma.
Uno crea su utopía, luego ve como otro la destruye.
Uno lee mil libros, luego los olvida.
Un día eres el hombre más brillante de tu siglo, al otro, alimento para los gusanos.
Un día antes de tu cumpleaños juegas con tu abuelo, al día siguiente, muere.
Un día vas a ser el mejor futbolista de Chile, al otro, tus propios compañeros te desechan.
Una vez soñaste con mil cosas, la próxima con la mitad, la tercera con un cuarto...
Un día eres lo que te hacen ser, después, lo que quieres.
Ves el cometa Halley una vez, dos veces y luego, nunca más.
El sol puede vivir 10 mil millones de años, tú, ni su millonesíma parte.
Mientras lees todo esto, te haces segundos más viejo.
El mundo sigue girando.
Cambia todo cambia.
Y yo, sigo siendo igual de ahueonao'.
Uno es estudiante 12 años, luego se vuelve universitario.
Uno corre lo que le dé el cuerpo, luego camina para recuperar.
Uno gasta su energía en el día, luego duerme en la noche para traer de vuelta lo perdido.
Uno toca una canción pocos minutos, luego toca otra, y otra; y luego se arma un concierto.
Uno termina una relación. Está triste, luego lo acepta, luego hace algo para revertirlo, luego es feliz.
Uno escucha a Cerati, luego siente envidia de su genio.
Uno no destruye la materia, solo la transforma.
Uno no destruye los sentimientos hacía algo o alguien, solo, los transforma.
Uno crea su utopía, luego ve como otro la destruye.
Uno lee mil libros, luego los olvida.
Un día eres el hombre más brillante de tu siglo, al otro, alimento para los gusanos.
Un día antes de tu cumpleaños juegas con tu abuelo, al día siguiente, muere.
Un día vas a ser el mejor futbolista de Chile, al otro, tus propios compañeros te desechan.
Una vez soñaste con mil cosas, la próxima con la mitad, la tercera con un cuarto...
Un día eres lo que te hacen ser, después, lo que quieres.
Ves el cometa Halley una vez, dos veces y luego, nunca más.
El sol puede vivir 10 mil millones de años, tú, ni su millonesíma parte.
Mientras lees todo esto, te haces segundos más viejo.
El mundo sigue girando.
Cambia todo cambia.
Y yo, sigo siendo igual de ahueonao'.
viernes, 19 de junio de 2015
Ni tan final, ni tan del mundo
Caminando por Av. Central me topé con unos gritos, mucha gente aglomerada y abanderada. Había fútbol. No digo partido, porque no cabía en la definición. Eran tres por lado, la euforia no dejaba escuchar ni el silencio. Escuché apenas las denominaciones de los arqueros. Uno debía ser muy bueno, porque le decían "el arquero araña"; quizás se colgaba del ángulo imposible, o atajaba tan rápido que se veía como si tuviese ocho patas. En fin, el otro, debió haber jugado toda la temporada, o para el técnico debía ser inamovible pues le decían "el arquero fijo".
Se pusieron en posición, los dos equipos vestían igual; cosa inédita en la historia de este deporte. Ambos con camisetas rojas de la selección chilena, que curioso que eligiesen tal país; para disputar semejante final. La cancha tenía muchos menos metros que las medidas oficiales, y un raro cercado a los bordes. El pasto estaba desnivelado y tenía barro por todos lados. Aún así se logró estabilizar la pelota y empezar el partido. Perdón, el fútbol.
Me senté en una de las bancas, y cual director técnico empecé a gritar instrucciones. Ellos, claro, no me escuchaban. Estaban inmersos en un frenesí de felicidad, corrían de lado a lado sin patrones, sin formaciones, sin entrenamiento previo, ¿el técnico no les dijo nada en la semana?, ¿alguna jugada preparada?. Hacían chocar la pelota contra la pequeña reja a los bordes, la sacaban por encima a veces, jugaban incluso en la pista de adoquines grises entre la cancha y la tribuna. Yo estaba atónito, no entendía a que se estaba jugando pero ellos lo entendían a la perfección. Reían todo el tiempo y daba igual perder la pelota, se volvía caminando. "¿Cómo no le toman el peso a una final?", cada vez estaba más indignado en mi asiento; me empezaron a quemar los pies y los moví desesperadamente de arriba a abajo para que se enfriaran.
La gente enfervorizada no dejaba de meter ruido, pero yo sentía que era el único gritando. Estaba realmente enojado, no sabían que hacer esos seis con la pelota, solo estaban jugando. Qué se habrán creído para hacer tal cosa. Mi mente corría a mil, tenía muchas instrucciones que darles en el entretiempo. Jugadas, motivación, consejos técnicos. No se me escapaba ningún detalle. Estaba listo para la mejor charla de todos los tiempos, digna de ser interpretada por Al Pacino y grabada por Tarantino.
Dentro de esa vorágine pensante se escuchó un eco en medio del bullicio, y se hizo silencio. El arbitro pitó el final y dijo: "Ya cabros, me cansé, ¿vamos a jugar play a mi casa y luego vemos el partido?". Todos asintieron, tomaron la pelota, y emprendieron rumbo. La masa se empezó a disipar y quedé solo, como siempre lo había estado. Los vi alejarse lentamente, conversando de las jugadas que hicieron: de los caños a medias, del gol que no fue, del palo que en realidad era un tronco, de la patada que el arbitro pasó por alto. Estaban muy felices porque nadie ganó.
Me paré de la banca y yo también empecé a caminar, a mi casa.
"Por la mierda que estoy viejo", pensé.
Se pusieron en posición, los dos equipos vestían igual; cosa inédita en la historia de este deporte. Ambos con camisetas rojas de la selección chilena, que curioso que eligiesen tal país; para disputar semejante final. La cancha tenía muchos menos metros que las medidas oficiales, y un raro cercado a los bordes. El pasto estaba desnivelado y tenía barro por todos lados. Aún así se logró estabilizar la pelota y empezar el partido. Perdón, el fútbol.
Me senté en una de las bancas, y cual director técnico empecé a gritar instrucciones. Ellos, claro, no me escuchaban. Estaban inmersos en un frenesí de felicidad, corrían de lado a lado sin patrones, sin formaciones, sin entrenamiento previo, ¿el técnico no les dijo nada en la semana?, ¿alguna jugada preparada?. Hacían chocar la pelota contra la pequeña reja a los bordes, la sacaban por encima a veces, jugaban incluso en la pista de adoquines grises entre la cancha y la tribuna. Yo estaba atónito, no entendía a que se estaba jugando pero ellos lo entendían a la perfección. Reían todo el tiempo y daba igual perder la pelota, se volvía caminando. "¿Cómo no le toman el peso a una final?", cada vez estaba más indignado en mi asiento; me empezaron a quemar los pies y los moví desesperadamente de arriba a abajo para que se enfriaran.
La gente enfervorizada no dejaba de meter ruido, pero yo sentía que era el único gritando. Estaba realmente enojado, no sabían que hacer esos seis con la pelota, solo estaban jugando. Qué se habrán creído para hacer tal cosa. Mi mente corría a mil, tenía muchas instrucciones que darles en el entretiempo. Jugadas, motivación, consejos técnicos. No se me escapaba ningún detalle. Estaba listo para la mejor charla de todos los tiempos, digna de ser interpretada por Al Pacino y grabada por Tarantino.
Dentro de esa vorágine pensante se escuchó un eco en medio del bullicio, y se hizo silencio. El arbitro pitó el final y dijo: "Ya cabros, me cansé, ¿vamos a jugar play a mi casa y luego vemos el partido?". Todos asintieron, tomaron la pelota, y emprendieron rumbo. La masa se empezó a disipar y quedé solo, como siempre lo había estado. Los vi alejarse lentamente, conversando de las jugadas que hicieron: de los caños a medias, del gol que no fue, del palo que en realidad era un tronco, de la patada que el arbitro pasó por alto. Estaban muy felices porque nadie ganó.
Me paré de la banca y yo también empecé a caminar, a mi casa.
"Por la mierda que estoy viejo", pensé.
Suscribirse a:
Comentarios (Atom)